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Sobre nidos de pajaritos
Ecoportal Dominicano | Lunes 28 de junio del 2010
 
Para Landa, amiga esencial, compañera total del alma mía, alguien buena de verdad Para mi amigo de los ojos de cigüita, allende el mar, te extraño Polan. Para Dan, Porque hace mucho que no te dedico nada, sigues siendo mi Egbon Okonrin. Para Silvia, porque cuando anida siempre me propone un ladito. Para Maruchy, Cocó, Chan, Engel, pajaritos anidando en mis neuronas para todos ustedes que se reproducen y anidan en mi corazón
 
Hace unos días como si fueran parte de la brisa de cuaresma, —sobrevolando los tejados, las azoteas y los henchidos cordeles—, llegaron dos cigüitas hasta el jardín trasero de mi casa; se posaron; inspeccionaron el sarán colgado por mi madre para dar sombra y les gustó. Observaron —con deleite—las flores, los muebles, la hiedra, que romántica se abraza al muro y se posesionaron, como dueñas absolutas, del gran arbusto de orégano, y empezaron a construir un nido.
 
—Ya ustedes saben—, el machito de las dos cigüitas volaba de aquí para allá, en frenético esfuerzo, acarreando materiales tan diversos en su pico, desde briznas verdes de yerba, hasta tiras de cintas de cassettes, mientras la hembrita —prácticamente con las alitas en la cintura, en actitud mandona—, inspeccionaba la construcción con ojo evidentemente crítico.
 
Piaron, se amaron, cantaron —¡Jubilosos!— desde sus pechitos que se henchían como si, de aquel canto dependiera el orden mundial y la vida de los arroyos. Como si en aquel pechito ínfimo de cigüita trashumante, se purificara el aire del planeta con su canto, como si fuera, lo que querían expresar con su trino, la noticia más importante del universo. Como si en aquella brevedad con alas de su amor, estuvieran construyendo el palacio más fastuoso.
 
Inmediatamente fueron adoptados, por mi mamá y mis hermanas, como aves oficiales de la casa —ya tú ves; cualquier pájaro llega de fuera y desplaza a uno—. Todas se hicieron protectoras de aquella fe, tejida de ramitas, que flotaba peligrosamente cuando el ventarrón azotaba la mata de orégano.
 
En las mañanas, cuando las manos de mi madre llegaban al patio a impartirle el orden y la vida a sus plantas, dejaban, a la vista de sus protegidos, algún puñito de alpiste o de maíz casqueado, que los inquilinos de la mata de orégano aceptaban gustosamente, llegando a entrar al comedor de mi casa cuando mi mamá se tardaba— por supuesto si Nikita, la gata loca, no andaba cerca—.
 
Un nido es un proyecto maravilloso, una inversión de fe y un esfuerzo que hace que el mundo marche como debiera. He tenido amigos construyendo su nido, lo he observado, los he protegido, los he bendecido, los he tapado, he sido una sombra protectora, y les he dejado los méritos y los créditos de su triunfo.
 
Igual que ellos han hecho cuando he construido mi nido: protegerme, amarme, allanarme el camino y hacer de todo para que no me dé cuenta de que están ahí, como presencias benefactoras de mi vida, cuando pregone “apechao” de la emoción, la maravilla que estoy viviendo.
 
El nido de la mata de orégano siguió su proceso natural y en unos días aparecieron debajo cascarones, y se percibía un ligero temblor entre las ramitas verdes y perfumadas del orégano.
 
Un día un pichoncito, feo y desplumado, cayo del nido en ausencia de sus padres, y corrimos todos antes que Nikita lo alcanzara.
 
Volvimos a colocarlo en el nido y la vida nuevamente —con un poco de ayuda de nuestra parte— siguió su curso normal.
 
Este domingo me desperté temprano entre risas, de mi madre y mi sobrinita, y trinos nuevos. Cuando baje el nido estaba vacío. Dos pichones —con las patas desgarbadas de todos los adolescentes—estaban sentados en las ramitas de orégano observando el mundo: miraban con ojos muy serios aquel regalo, aquella mañana luminosa de domingo, con aquella brisa moderada, maravillosa para estrenar alas nuevas, y de pronto ¡zas! —voló uno perdiéndose en el azul de la mañana— el otro lanzó una última mirada a aquella casita de humildes ramitas, a aquella cosita inconcebible donde se gesto aquel milagro de su vida, cantó con su pechito henchido de melodías mágicas y se lanzó por primera vez a estrenar el cielo.
 
La vida es bonita, la naturaleza es sublime... hasta una nueva entrega de Cuadernos de Ecoportal.

Oscar López Núñez

 

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